domingo, 10 de diciembre de 2017

reflejos distorsionados de nosotros mismos

Somos reflejos de lo que realmente anhelamos ser. Imágenes proyectadas sobre el lago de nuestras emociones, y que cualquier brisa, objeto o ser que toca el agua, altera su superficie distorsionando la imagen que en ella vemos reflejada. Pocas veces, muy pocas, el agua se mantiene en calma el tiempo suficiente como para reconocernos a nosotros mismos.

Asumimos que las interferencias son continuas, y nos acostumbramos a vernos deformados por el viento que a menudo sopla racheado, por las personas que chapotean en las orillas, o por las aves que se posan y flotan incesantes en el centro del lago. Pero a veces, en la calma y el silencio que aporta la niebla, o cuando el frío impide que otras personas se metan en el agua, o cuando el invierno ha alejado a las aves migratorias, miramos ese reflejo nítido y podemos observar cual es nuestra verdadera imagen.

Esa imagen siempre ha estado ahí, pero nos resulta poco familiar, pues nos hemos visto con tantas y variadas distorsiones sociales, que ya no nos reconocemos. Sin embargo, si mantenemos cierto tiempo la mirada, descubrimos y recordamos quiénes somos, y es entonces cuando nos damos cuenta el grado de distorsión con que nos hemos estado observando durante años, durante décadas...

Y una vez logrado esto, lo difícil es mirarse a uno mismo deformado por aspectos externos. Cuando uno se ha visto tal y como es, tiende a buscar las orillas apartadas y protegidas, donde no sopla el viento ni se sumergen otras personas, para poder ser objetivo consigo mismo, vislumbrando su rostro verdadero, con sus arrugas y defectos, con su brillo y su expresividad, con su desvelo y su sorpresa.


Pocos son los que buscan esas orillas solitarias para afrontar su auténtica apariencia, pues verse a sí mismo tal y cómo uno es realmente, puede resultar una experiencia extremadamente dolorosa.

domingo, 3 de diciembre de 2017

flexibilidad evolutiva

Nuestra mente y nuestro organismo están en continua evolución. Los cambios son constantes, y a veces pegan saltos cualitativos que modifican todo nuestro sistema de creencias a nivel intelectual, y también nuestras sensaciones corporales a nivel somático. Eventos que nos suceden a lo largo de la vida, y que marcan la manera de ver el mundo y a las personas, condicionando nuestra forma de pensar y sentir con respecto a ellas.

Sin embargo, muchas personas se niegan esa evolución, y tienden a acallar los pensamientos innovadores y divergentes o los ofrecimientos culturales atípicos, para continuar con la misma forma de pensar, a hablar con las mismas personas de los mismos temas, y a anclarse en la misma personalidad y en el mismo organismo.

El desarrollo personal es, a ojos de muchos, una elección que se elige hacer o no hacer, pero la demanda biológica, tanto en el sistema nervioso como en el resto de sistemas funcionales del cuerpo, mantiene un llamada continua a que sigamos evolucionando, aprendiendo, adquiriendo habilidades y potenciando nuestra energía. Miles de millones de células que anhelan seguir desarrollándose para que sus descendientes sean mejores que ellas, y que su función sea cada vez más precisa y plena.

La tendencia a hacer las mismas cosas, a leer los mismos libros o a seguir las mismas rutinas de ocio y de trabajo, nos induce a adoptar una actitud de rigidez evolutiva, como si no quisiéramos coordinarnos con la tendencia natural de nuestro cuerpo a ir progresando un poco más cada vez.

Y así, es como él va sintiendo ese abandono y esa dejadez, y va aletargando sus funciones y su energía; y así es también como percibe que hemos asumido una pasividad con la que, a pesar de querer él seguir progresando, no puede evitar mostrar su disconformidad por medio de dolores y enfermedades; y así es como si pareciera que llorase cuando nos resfriamos, que se exaspera y acalora cuando nos sube la fiebre, o que se retuerce enfadado cuando nos duele la espalda: ...reflejos somáticos de discrepancia en un ser vivo que anhela seguir evolucionando, y que nos demanda flexibilidad evolutiva.


domingo, 26 de noviembre de 2017

emociones estáticas

Desde una visión etimológica, una emoción es aquello que nos pone en movimiento (del latín emotio, emotionis), algo que nos activa y que nos induce a realizar una actividad. Sin embargo, pareciera que no todas las emociones cumplen esa función, pues algunas parecen encerrarnos en un estado letárgico y pasivo del que nos cuesta salir, como sucede muchas veces con la tristeza.

Según la psicología existen 6 emociones primarias que todo ser humano posee o adquiere de forma innata, aunque su expresión va a estar modulada por el entorno en que cada cual viva. Cada una de estas emociones tiene una función específica, es decir, ninguna es buena ni es mala, aunque hoy en día se nos pretenda inculcar que "hay que estar alegres para estar bien". Según esta perspectiva:


  • La alegría fomenta la afiliación con los demás, generando actitudes positivas y dando sensación de vigor, competencia y libertad. Además, favorece el aprendizaje y la memoria, pues fomenta la curiosidad.
  • El miedo tiene la función adaptativa de la protección pues facilita la aparición de la respuesta de escape-evitación, focalizando la atención ante un estímulo peligroso,y generando de forma casi inmediata gran cantidad de energía.
  • La ira moviliza la energía para conductas de autodefensa, y para eliminar los obstáculos que impiden alcanzar la meta deseada. También puede inhibir las reacciones indeseables de otras personas, evitando así la confrontación.
  • La tristeza tiene su razón de ser en que fomenta la reintegración, reduciendo el ritmo de la actividad orgánica, y potenciando la posibilidad de valorar otros aspectos de la vida. Es decir, nos permite interiorizar. Sirve también para apaciguar las reacciones agresivas de los demás fomentando su empatía.
  • El asco surge como respuesta al rechazo hacia algo, induciéndonos a alejarnos de lo desagradable o peligroso.
  • La sorpresa facilita la aparición de las reacciones emocionales y conductuales apropiadas en cada situación; facilita la atención y dirige la conciencia a lo novedoso.


En definitiva, estas seis emociones primarias son un legado biológico que nos facilita la adaptación al entorno físico y social, de cara a lograr la supervivencia dentro del mismo. El problema con ellas surge cuando nos quedamos estancados en alguna, y no permitimos que las otras vaya surgiendo de forma natural, para cumplir su función específica. De esta forma, puede suceder, por ejemplo, que no nos permitamos estar tristes, o no nos permitamos estar enfadados, o no nos permitamos sorprendernos ("a mí ya nada me sorprende"), bloqueando así nuestra curiosidad y nuestro aprendizaje. Cuando nos estancamos en una emoción, ésta pasa a condicionar nuestra vida:

  • La tristeza continua desemboca en depresión, "aletargándonos" e induciendo una pasividad física que nos destempla y que fomenta el desarrollo de enfermedades como el resfriado, la bronquitis, los catarros, etc.
  • La ira mantenida altera hasta tal punto el sistema cardiovascular, que aumenta la presión arterial, acelerando el pulso y aumentando la probabilidad de padecer problemas de corazón.
  • La alegría perpetua acaba por afectar al sistema nervioso, haciendo que nos sintamos extrañamente agitados o inquietos. Ese nerviosismo puede acabar afectando al estómago y al sistema digestivo (el famoso "nudo" del estómago).
  • El miedo en situaciones en las que no hay un peligro presente, o miedo al propio miedo, acaba provocando ansiedad, ataques de pánico y tensiones generalizadas en los músculos que afectan, sobre todo, a la espalda y al cuello.


La alegría parece haber sido la emoción que ha salido victoriosa en la sociedad actual, hasta tal punto que si no sonríes muchos entienden que no eres feliz, que estás enfermo o que te pasa algo. Por eso si alguien nos ve serios y nos pregunta a ver si estamos tristes, podemos responder con firmeza: "Así es, estoy triste, interiorizando y reflexionando para volver a reintegrarme conmigo mismo..."

lunes, 20 de noviembre de 2017

atender al inconsciente desbordado

"Ahora que he percibido lo que he percibido... no soy capaz de ignorarlo." Esta frase, u otras similares, suelen estar en boca de quién despierta su conciencia a aspectos que subyacen en la propia mente y que, por alguna razón, han sido relegados al plano de lo inconsciente. A menudo, son aspectos incómodos del propio carácter, emociones que no se acaban de sentir de forma agradable, o experiencias que, debido a la intensidad que supusieron, han dejado un recuerdo claro y nítido en la memoria.

Estas ideas, que viven en las simas más profundas de la mente, tienden a emerger cuando alguien inicia un proceso de auto-conocimiento, de conciencia corporal o de mera interiorización. Al poner una atención mas plena y refinada en uno mismo, lo que habíamos enterrado bajo nuestros hobbies, divertimentos o actividades de ocio, sale a la superficie y se queda flotando en el pensamiento, sin que podamos evitar observarlo.

Llegados a este punto, esos aspectos incómodos se tornan especialmente llamativos, y ante la incapacidad de gestionarlos o, al menos, admitirlos como una parte del propio ser, la mayor parte de la gente trata de sumergirlos de nuevo para que no molesten ni interfieran en la propia vida. El problema es que, una vez vistos, uno no puede ignorar que están ahí, visibles o no, como algo que condiciona la forma de pensar, de sentir, de decidir e incluso la propia salud.

Al no poder hundirlos, una estrategia muy común es tratar de cubrirlos con otro tipo de experiencias. Y así, uno tiende a buscar eventos, relaciones o distracciones que mantengan ocupada la mente con tantas cosas que no haya margen de conciencia para percibir ese inconsciente desbordado que sale a flote de forma periódica. Trabajo vano, pues lo que subyace solo puede ser liberado si sale al exterior. Tratar de mantenerlo oculto hace que, en el esfuerzo de ocultarlo, se "encapsule" ocupando cada vez un espacio mas amplio en la propia mente, y que interfiere cada vez mas en todos los procesos psíquicos y fisiológicos del sistema nervioso.

De esta forma, la mayor parte de la gente sigue tapando lo inconsciente, a pesar del intento que éste hace periódicamente de desbordarse hacia fuera para hacernos ver que lo que somos, lo que sentimos, lo que pensamos y lo que experimentamos a nivel corporal, tiene mucho que ver con lo que albergamos en las partes mas profundas de nuestra mente.

¿Qué hacer, pues, con todo esto? Las opciones son múltiples. Uno puede contarlo para darle salida, si tiene a alguien con la confianza suficiente como para hacerlo. Si no es así, uno puede escribirlo para "contárselo a sí mismo", y tratar de entender y abarcar la dimensión y el efecto que tiene en la propia Vida. O, simplemente, uno puede dedicar un tiempo cada día a pensar en ello, de forma directa y sin adornos, afrontando sin tapujos lo que el inconsciente cuenta y que es, en definitiva, parte esencial del propio Ser.