martes, 20 de febrero de 2018

las consecuencias del cepo

Ya se ha expuesto anteriormente cuales pueden ser las cuatro actitudes que nos impiden avanzar y desarrollarnos como individuos plenos y conscientes. En en la entrada titulada "la hipótesis del cepo" tratamos a grandes rasgos los cuatro elementos (culpar, excusarse, postergar y omitir) que más interfieren en nuestro crecimiento personal. Ahora vamos a analizar las posibles consecuencias de cada uno de ellos en nuestro ánimo y en nuestra salud orgánica:


  • Culpabilizar nos hace responsabilizar a los demás de las cosas negativas que nos suceden. Esto puede generar enfado y rencor hacia ellos, lo que nos conduce fácilmente a manifestar la emoción de la ira, con la consiguiente sobre-excitación del sistema nervioso autónomo, el aumento del ritmo y de la presión cardíaca, y la propensión a experimentar estrés y agitación.
  • Excusarse implica convencernos a nosotros mismos y a los demás de que estamos incapacitados para hacer o afrontar una serie de situaciones. Esto, poco a poco, va generando un auto-concepto pobre y limitado, donde resaltamos más nuestras carencias que nuestras aptitudes. La autoestima va mermando, entramos poco a poco en la tristeza y, en casos extremos, podemos llegar a desarrollar un proceso depresivo.
  • Postergar es la actitud de dejar tareas y asuntos pendientes de forma indefinida. Aquello que postergamos se va acumulando, de una u otra manera, en el inmenso espacio de memoria de nuestro cerebro y, como pequeños pilotos encendidos en nuestro interior, su parpadeo de "pendiente" llena nuestra mente de preocupaciones. Esto puede acabar sumiéndonos en la inquietud y el agobio de sentir que no tenemos orden en nuestra vida, que no podemos relajarnos, o que no abarcamos todo lo que quisiéramos abarcar. Este cúmulo incesante de temas por resolver puede incluso desembocar en un ataque de ansiedad.
  • Omitir es evitar afrontar aquello que en el fondo sabemos que tenemos que afrontar. De esta forma, no sólo nos volvemos cada vez más apáticos y perezosos, sino que perdemos motivación por las cosas y dejamos de darle a nuestro organismo el punto de activación que necesita para sentirse vital y enérgico. Además, cuanto más eludimos algunas situaciones, más temor adquirimos hacia ellas, hasta el punto de generar aversión hacia algunas. Les cogemos miedo, y cada vez nos paralizamos un poco más ante ellas.


Como puede observarse, la evolución de estas actitudes hacia estados anímicos negativos es sólo probable, no categórica. Es un proceso que se gesta con los años, y que a veces no se manifiesta más que en situaciones en las que tenemos que afrontar algún evento vital intenso o traumático. Situaciones en las que el carácter que hayamos desarrollado muestra la facilidad o la propensión a manifestar determinados estados anímicos.

En la próxima entrada analizaremos cómo podemos disolver este C.E.P.O., y las actitudes que nos permiten seguir nuestro Camino Individual.


lunes, 12 de febrero de 2018

los dolores incomprensibles


Sin más, sin una causa aparente, aparecen dolores de forma espontánea e incomprensible. Como si un ocioso dios se dedicara a repartir dolencias y enfermedades entre los mortales, en un cruel juego de azar. Y nosotros, al no vislumbrar una lógica subyacente, tendemos a creer que ese dios realmente tiene el poder y la intención de adjudicarnos tales molestias.

Pero la lógica del universo, las leyes y mecanismos que sostienen y posibilitan la vida, siguen unas pautas estrictas de causalidad, según las cuales todo efecto tiene un origen subyacente. Y el organismo humano no es una excepción. Todos somos parte de esa concatenación continua de sucesos dentro y fuera de nuestro cuerpo.

A menudo, nuestro ego nos hace sentirnos tan especiales, que incluso en el dolor nos creemos poseer la exclusividad del sufrimiento. Como si nadie más sintiera lo que sentimos nosotros. Pero no somos más que la manifestación de un proceso lógico de causa-efecto. Y lo fácil no es tratar de entender su naturaleza, sino pensar que es un "castigo del destino" cuyo principio escapa a nuestro entendimiento y a nuestro control.

Entender las causas de nuestros dolores requiere un afrontamiento que pasa por una serie de estadios mentales y que podrían seguir la siguiente secuencia:
  • Descripción objetiva a nosotros mismos y a quienes pudieran ayudarnos. Si la descripción de lo que nos sucede es clara y concisa, no sólo entedemos mejor lo que nos pasa, sino que además aportamos unos datos prácticos a aquellos que pudieran ayudarnos (médicos, fisioterapeutas, psicólogos).
  • Evitar la reiteración. Una adecuada y comedida expresión de lo que sentimos puede ayudarnos a ver la dolencia desde otra perspectiva, pero si entramos en la repetición de los síntomas, tendemos a magnificarlos y a darles más poder de influencia en nuestro estado anímico.
  • Emociones asociadas y su relación con la dolencia como posible causa y/o consecuencia. Porque a menudo la afectividad que nos provoca la dolencia, tiende a perpetuarla. El dolor nos hace sentir tristes y nos deprimimos, como nos deprimimos perdemos ilusión por hacer aquello que podría hacernos mejorar, como perdemos ilusión de mejora tendemos a encogernos más, y al encogernos perpetuamos el dolor e incluso lo extendemos a otras partes del cuerpo.
  • Recabar información de forma amplia y variada. Cuántas más variables consideremos, mayores probabilidades tendremos de eliminar el dolor. La salud es una cuestión probabilística, por lo que es interesante contemplar los que padecemos desde el mayor número posible de perspectivas.
  • Valorar las "ventajas" de lo que padecemos. A veces, nos inducimos dolencias que pueden excusarnos de afrontar alguna situación, incluso de esa a la que aparentemente deseamos acudir, pero que en el fondo queremos evitar. Analizar de qué nos exime el dolor, o qué atención demandamos de los demás, puede ser un elemento clave en su mantenimiento.
  • Estrategias de resolución: a veces se trata de ir probando acciones terapéuticas diversas, hasta dar con aquella que resulte eficaz, independientemente de que entendamos o no su efecto curativo. Reiterarse en hacer lo mismo resulta absurdo, sobre todo en aquellos intentos que no han demostrado eficacia alguna, no porque carezcan de ella, sino porque se ciñen a momentos y condiciones muy particulares, que no tienen porque ser las que estamos viviendo en el momento en que nos encontramos.
  • Usar lo que experimentamos para nuestro propio crecimiento personal: Pues no debemos olvidar que las verdaderas maestras en nuestra vida, las situaciones en las que más aprendizaje podemos extraer, son aquellas en las que más incómodos nos sentimos, como la soledad, la enfermedad o la muerte, a las cuales se les suma una maestro que casi siempre permanece agazapado buscando la ocasión de hostigarnos: el fracaso.
Entrar en procesos como este, que requieren cierto grado de constancia y sistematización, no es lo fácil ni a menudo lo cómodo, pero es la alternativa para aquellos que anhelan adquirir cierta capacidad de control en su propio bienestar, tanto físico como mental. La dejadez no suele funcionar como herramienta de resolución, aunque a veces parezca que el mero paso del tiempo es suficiente para conseguir que el dolor desaparezca. 

domingo, 7 de enero de 2018

el Gran Organismo

Galicia: Playa de "Boca do Rio", en Carnota.
Estamos destruyendo el Organismo global de nuestro planeta. Algunos afirman que hemos llegado a un punto de "no retorno", en el que no hay manera de revertir los efectos en el medio ambiente de lo que estamos haciendo con nuestra sociedad industrial y tecnológica. Viendo los programas de la televisión y las sonrisas de los presentadores de los telediarios cuando acaban de hablar de ello, es como si hubiéramos destruido nuestra propia casa, y nos dedicáramos a hacer una fiesta sobre los escombros, sin saber siquiera donde vamos a dormir esta noche. Bailamos sobre nuestras futuras tumbas y parece no importarnos.

Nuestra salud depende del entorno que nos rodea, pero no paramos de contaminarlo y ensuciarlo de forma directa y consciente. Es como si nos hubieran inoculado un virus en el sistema nervioso para ir destruyendo nuestro entorno vital. Un suicidio indirecto mediante la eliminación progresiva de los recursos vitales. No queremos, aparentemente, padecer ningún dolor ni enfermedad, pero no cesamos de creárselos al medio ambiente que nos alberga, y sin el cual es imposible la subsistencia.

Así es como nuestra premeditada ceguera nos hace sufrir y nos mantiene en un estado de inquietud perpetua. Porque, en el fondo de nuestra mente, sabemos que muchos actos diarios constituyen una herida más en el inmenso Organismo del que sólo somos diminutas células, y fuera del cual moriríamos irremediablemente.

Actuamos como seres imbéciles, e incluso nos mofamos de quiénes mantienen un cierto respeto y armonía con la naturaleza, encerrándolos en reservas o encarcelándolos en zoológicos. Parecemos ignorantes células cancerígenas, cuyo objetivo final es la destrucción del Organismo en el que estamos inmersos, y sin el cual no lograríamos sobrevivir. Y mientras, nuestros dolores y enfermedades están ahí para recordarnos que al daño que estamos haciendo al Gran Organismo, también se lo estamos haciendo a nuestro pequeño organismo, pues el desequilibrio de uno, implica el desajuste del otro.

Porque en lo más profundo de nuestros psiquismo,  hay un registro en el que no cesan de acumularse las incongruencias de nuestra vida, nuestras incoherencias existenciales y nuestras contradicciones conductuales. Una memoria orgánica que es consciente de la conexión entre el Gran Organismo de nuestro planeta, y el pequeño organismo de nuestro cuerpo, y que va viendo este proceso de deterioro continuo al que no parecemos querer ponerle remedio. A veces, hacemos pequeños actos de ecología y solidaridad, de forma que en ese registro se apaguen temporalmente las alarmas que advierten del desastre, pero son sólo efímeros sucedáneos de tranquilidad.



Estar sano y tener vitalidad pasa, irremediablemente, por preservar y cuidar el medio ambiente que nos alberga. Cada acto, palabra y pensamiento al respecto, afecta nuestro bienestar y determina el grado de estrés e incertidumbre que experimentamos. Toda acción es archivada y procesada por nuestra mente, con los consecuentes efectos en la salud mental y física. Podemos aparentar que lo ignoramos, pero eso no hace que lo borremos completamente de nuestro cerebro.

lunes, 1 de enero de 2018

HABLAR ENVEJECE (hipótesis no demostrada)

La comunicación parece ser el motor de la cultura, la llave del pensamiento y la vía de acceso a la sociabilidad. No podemos concebir nuestras relaciones sin la comunicación verbal, ni podemos entender el desarrollo científico y artístico sin ella. "Hablar" parece haberse convertido en una necesidad fisiológica más, por lo que se fomenta desde casi todos los ámbitos educativos y laborales. Pero, ¿son todo ventajas...? Vamos a desgranar una serie de elementos que pueden hacer del acto de hablar un mecanismo de enfermedad y envejecimiento.

Al hablar, sobre todo si lo hacemos de forma efusiva y continua, no nos permitimos respirar al ritmo que requieren nuestros pulmones y nuestro corazón. Al no tener margen para adquirir el aire de forma progresiva, y soltarlo de la misma manera, forzamos ese ritmo impidiendo la relajación y la calma. Por eso, aquellos cuyo carácter está imbuido por la incontinencia verbal, también tienden a estresarse más, y a agitar más su ánimo y sus pensamientos. Una respiración rápida y entrecortada tiende a cansarnos, nos hace perder energía. Por eso si uno habla mientras hace ejercicio se agota antes que si está callado, pues al organismo le cuesta regular el ritmo de la respiración para adecuarlo a la intensidad del ejercicio que se está haciendo. De esta manera, un exceso de expresividad puede hacer que envejezcamos más rápido.

Por otra parte, lo que expresamos también decide qué pensamientos tienen prioridad en nuestra mente. De toda la ingente cantidad de ideas que se nos pasan por la cabeza al cabo del día, sólo algunas condicionan nuestros actos y nuestras decisiones, y son precisamente esas las que verbalizamos. Si no ejercemos cierto control sobre esta expresividad y nos reiteramos en el mismo tipo de frases, tendemos a establecer una pauta comunicativa que marca nuestro estado anímico.

Si bien ahora está muy en auge el hecho de expresar lo que sientes y piensas, para que no se "encapsule" en el interior, ésta puede ser un arma de doble filo que genera cierta incertidumbre: Por un lado, entendemos que hay que expresar los sentimientos para tener una vida emocional sana, pero por otro, nos arriesgamos a reiterarnos en un estado anímico que se perpetua por el uso continuo de esa expresividad. Encontrar en ello el equilibrio adecuado es la clave para tener una buena salud, por eso pueden ser útiles las siguientes pautas:

  • Expresar lo que sientes no necesita que reiteres lo que sientes. Si te han oído cuando lo has dicho una vez, no es necesario repetirlo, y si no lo han hecho, puede ser que tu mensaje carezca de interés para el oyente, por lo que carece de sentido seguir insistiendo.


  • Expresar lo que sientes no es más eficaz si llega a más personas. No todo el mundo ha de saber de tu sentir; es importante saber a quién se lo transmites, cuándo lo haces y cómo lo expresas, y además la excesiva carga emocional de la palabras (tono, ritmo, énfasis, prosodia) que nos sale con algunos individuos, les da mucha mayor fuerza. Elegir el receptor adecuado requiere, por eso, una cuidada reflexión.


  • Tu expresividad es tuya, y como tal, tú has de decidir la manera en que se producirá. Si supeditas su manifestación a un momento el que te sientes excesivamente alterado, triste o exaltado, tenderás a perder el control de lo que dices. Por eso es fundamental seleccionar el momento preciso en el cual sientas que hablar te va a permitir entender y clarificar lo que preocupa a tu mente, y no hacerlo en aquella situación en el que tus palabras te hagan sentirte más confundido todavía.


  • El silencio puede, a menudo, darte más respuestas y soluciones que las palabras. Por eso es importante tener actividades que permitan el silencio verbal, y si es posible mental: la pintura, la música, el ejercicio, una tarea manual que requiera concentración, etc. Son innumerables las maneras en que se puede acallar la mente para contener su ansia impulsiva de expresarse, fomentando así la calma anímica. Cada cuál ha de encontrar la que le resulte más satisfactoria. Tras su realización, tu mente encontrará con mayor que decisión es la más práctica para cada situación.

En conclusión, y usando las palabras de Sigmund Freud: "Uno es dueño de lo que calla, y esclavo de lo que dice"