lunes, 9 de abril de 2018

el lado oscuro de la empatía

A muchos teóricos, psicólogos, terapeutas o meros intelectuales de la new age se les llena la boca con la palabra "empatía", sus virtudes y la armonía interpersonal que, supuestamente, su uso genera. Según la RAE, esta se define como el "sentimiento de identificación con algo o con alguien, así como la capacidad de identificarse son él y compartir sus propios sentimientos". Esto está muy bien, pues permite entender qué le pasa al otro y cómo lo vive.

Lo interesante y práctico consiste en saber qué hacemos con esa empatía (caso que la tengamos, ya que algunos vamos un poco justos), y en de que manera puede permitirnos ayudar al otro a superar, por ejemplo, un episodio de tristeza, frustración o desesperanza.

La opción más habitual es "desde el cariño", y lo pongo entre comillas porque son las palabras literales que refieren quiénes actúan de esta manera. Este actuar "desde el cariño" implica dar afecto, escuchar y apoyar con palabras del tipo "estoy contigo",  "todo va a salir bien", o desplegar una actitud corporal afectiva que incluye la sonrisa y el contacto físico para que el otro sienta cercanía y calor humano. Esto es muy útil con personas que están en un proceso irreversible de deterioro físico y psíquico, como son los enfermos terminales, pero ¿es igual de útil con todos los demás?

La empatía no es sólo un despliegue conductual afectivo y cordial, también es una comprensión mental de los que el otro está experimentando, y un análisis de cuál puede ser las mejor pauta que podemos mostrarle para superar un situación que él vive como desagradable, incómoda o incluso hiriente. Y para ello, mostrar una actitud afectiva puede no ser la estrategia más óptima.

A menudo, la persona ha llegado a una situación de malestar porque en su personalidad no hay recursos para afrontar determinadas situaciones. Esta carencia de herramientas se fundamenta en una forma de ser que no considera determinados aprendizajes, por lo tedioso o aburrido que pudieran resultar, y por una adquisición de habilidades limitada a unos aspectos muy concretos de la vida. Inducir a alguien a que aprenda o adquiera algo que nunca ha considerado aprender o adquirir puede resultar terriblemente incómodo y angustioso, tan sólo por el mero hecho de ser algo diferente y, en muchos casos, desconocido.

Ayudar a alguien no consiste, necesariamente, en consolarle, sino en facilitarle que expanda su conciencia hacia aquello que le permita salir de la situación en la que se encuentra, que le aporte herramientas de afrontamiento y que le enseñe a lidiar con las situaciones por sí mismo. Para lograr esto, es frecuente tener que conducir a la persona a una situación incómoda y angustiosa, mediante una actitud firme y asertiva, en la que sus carencias, limitaciones y defectos se ponen en evidencia, pues sólo así, estos podrán ser corregidos para que se desarrolle como individuo.

El afecto y el cariño son muy útiles con niños y ancianos, pero pueden resultar un mero parche en adultos que han de vivir situaciones diarias en las que su carácter va a ser puesto a prueba. La empatía acoge al otro, pero le deja en la misma situación en la que ha estado y en la que está, sin brindarle la oportunidad de mejora o de evolución personal.

lunes, 19 de marzo de 2018

El cepo y el arpa

Las actitudes que limitan el desarrollo personal y que nos impiden avanzar como individuos, las hemos resumido en la anterior entrada bajo las siglas del "C.E.P.O." (Culpar, Excusarse, Postergar y Omitir). Salir de estas conductas tan limitadoras no suele ser fácil, pues están arraigadas en lo profundo de nuestro carácter, y han sido grabadas a lo largo de nuestro continuo proceso de aprendizaje. Por eso, se hace necesario fomentar hábitos que permitan ir disolviendo tales actitudes. Hábitos que se musicalizan bajo las siglas de "A.R.P.A.":

  • Asumir (en vez de culpar): Cuando asumimos nuestra responsabilidad nos hacemos autores de nuestra vida, pues tomamos las riendas de la misma. Esto no siempre es asequible, pues lo fácil, lo que está más instaurado en nuestra sociedad, y lo automático es cargar a otros con esa responsabilidad, lo que nos quita, aparentemente, un peso de encima. Sin embargo, limita nuestra capacidad de cambiar nuestra realidad, pues hacemos que dependa del otro, no de nosotros. Asumir no es culparse a sí mismo, sino responsabilizarse de la parte que le atañe a uno en cada situación.
  • Reconocer (en vez de excusarse): Admitir los fallos y los errores es una tarea de humildad que escasea en nuestros días. Enseguida buscamos maneras de justificar nuestros deslices apelando a factores ajenos a nosotros, y focalizando las causas de ellos en lo externo, en vez de hacer un análisis en lo interno. Curiosamente, cuando las cosas nos salen bien y tenemos éxito, no dudamos en atribuir ese logro a nuestras propias aptitudes internas.
  • Priorizar (en vez de postergar): Tendemos a postergar aquello que más nos incomoda, lo que nos inquieta y nos angustia. Dejamos para momentos futuros, en los que hagamos acopio de más recursos y energía, esas situaciones más delicadas. Pero es precisamente cuando priorizamos esas situaciones, cuando hacemos acopio de energía. Cada vez que damos prioridad a lo incomodo, lo tenemos presente, y podemos ir creando estrategias de afrontamiento y adquiriendo herramientas de resolución. Sólo así podremos dar el último gran paso...
  • Afrontar (en vez de omitir): Una vez priorizado aquello que nos angustia, nos falta ser capaces de tener el arrojo suficiente para encararlo. Esa persona con la que nos cuesta hablar, esos papeles que tememos organizar, esa gestión que nos da pereza realizar, etc. Encuentros que, por razones a veces desconocidas, tememos más que otros hasta el punto de omitir hablar de ellos. Pero cuando por fin los afrontamos, una ola de vital satisfacción recorre nuestro cuerpo aumentando nuestra vitalidad y mejorando nuestro ánimo. Porque ser valiente no consiste en no tener miedo, sino en afrontar aquello que, precisamente, nos infunde miedo e inquietud.


Las actitudes del A.R.P.A. (Afrontar, Reconocer, Priorizar y Afrontar) constituyen el instrumento que da armonía y orden a la vida de cada cual, aportando equilibrio con uno mismo, y sintonía con el entorno que le rodea. Si somos capaces de expresar las cosas que más nos afectan en la vida, y las pasamos por estas cuatro pautas, iniciaremos un proceso que requiere conciencia y, a menudo, esfuerzo, pero que permite encontrar la propia calma interior, y fomenta la energía con que hacer placentero cada cometido diario...

martes, 20 de febrero de 2018

las consecuencias del cepo

Ya se ha expuesto anteriormente cuales pueden ser las cuatro actitudes que nos impiden avanzar y desarrollarnos como individuos plenos y conscientes. En en la entrada titulada "la hipótesis del cepo" tratamos a grandes rasgos los cuatro elementos (culpar, excusarse, postergar y omitir) que más interfieren en nuestro crecimiento personal. Ahora vamos a analizar las posibles consecuencias de cada uno de ellos en nuestro ánimo y en nuestra salud orgánica:


  • Culpabilizar nos hace responsabilizar a los demás de las cosas negativas que nos suceden. Esto puede generar enfado y rencor hacia ellos, lo que nos conduce fácilmente a manifestar la emoción de la ira, con la consiguiente sobre-excitación del sistema nervioso autónomo, el aumento del ritmo y de la presión cardíaca, y la propensión a experimentar estrés y agitación.
  • Excusarse implica convencernos a nosotros mismos y a los demás de que estamos incapacitados para hacer o afrontar una serie de situaciones. Esto, poco a poco, va generando un auto-concepto pobre y limitado, donde resaltamos más nuestras carencias que nuestras aptitudes. La autoestima va mermando, entramos poco a poco en la tristeza y, en casos extremos, podemos llegar a desarrollar un proceso depresivo.
  • Postergar es la actitud de dejar tareas y asuntos pendientes de forma indefinida. Aquello que postergamos se va acumulando, de una u otra manera, en el inmenso espacio de memoria de nuestro cerebro y, como pequeños pilotos encendidos en nuestro interior, su parpadeo de "pendiente" llena nuestra mente de preocupaciones. Esto puede acabar sumiéndonos en la inquietud y el agobio de sentir que no tenemos orden en nuestra vida, que no podemos relajarnos, o que no abarcamos todo lo que quisiéramos abarcar. Este cúmulo incesante de temas por resolver puede incluso desembocar en un ataque de ansiedad.
  • Omitir es evitar afrontar aquello que en el fondo sabemos que tenemos que afrontar. De esta forma, no sólo nos volvemos cada vez más apáticos y perezosos, sino que perdemos motivación por las cosas y dejamos de darle a nuestro organismo el punto de activación que necesita para sentirse vital y enérgico. Además, cuanto más eludimos algunas situaciones, más temor adquirimos hacia ellas, hasta el punto de generar aversión hacia algunas. Les cogemos miedo, y cada vez nos paralizamos un poco más ante ellas.


Como puede observarse, la evolución de estas actitudes hacia estados anímicos negativos es sólo probable, no categórica. Es un proceso que se gesta con los años, y que a veces no se manifiesta más que en situaciones en las que tenemos que afrontar algún evento vital intenso o traumático. Situaciones en las que el carácter que hayamos desarrollado muestra la facilidad o la propensión a manifestar determinados estados anímicos.

En la próxima entrada analizaremos cómo podemos disolver este C.E.P.O., y las actitudes que nos permiten seguir nuestro Camino Individual.


lunes, 12 de febrero de 2018

los dolores incomprensibles


Sin más, sin una causa aparente, aparecen dolores de forma espontánea e incomprensible. Como si un ocioso dios se dedicara a repartir dolencias y enfermedades entre los mortales, en un cruel juego de azar. Y nosotros, al no vislumbrar una lógica subyacente, tendemos a creer que ese dios realmente tiene el poder y la intención de adjudicarnos tales molestias.

Pero la lógica del universo, las leyes y mecanismos que sostienen y posibilitan la vida, siguen unas pautas estrictas de causalidad, según las cuales todo efecto tiene un origen subyacente. Y el organismo humano no es una excepción. Todos somos parte de esa concatenación continua de sucesos dentro y fuera de nuestro cuerpo.

A menudo, nuestro ego nos hace sentirnos tan especiales, que incluso en el dolor nos creemos poseer la exclusividad del sufrimiento. Como si nadie más sintiera lo que sentimos nosotros. Pero no somos más que la manifestación de un proceso lógico de causa-efecto. Y lo fácil no es tratar de entender su naturaleza, sino pensar que es un "castigo del destino" cuyo principio escapa a nuestro entendimiento y a nuestro control.

Entender las causas de nuestros dolores requiere un afrontamiento que pasa por una serie de estadios mentales y que podrían seguir la siguiente secuencia:
  • Descripción objetiva a nosotros mismos y a quienes pudieran ayudarnos. Si la descripción de lo que nos sucede es clara y concisa, no sólo entedemos mejor lo que nos pasa, sino que además aportamos unos datos prácticos a aquellos que pudieran ayudarnos (médicos, fisioterapeutas, psicólogos).
  • Evitar la reiteración. Una adecuada y comedida expresión de lo que sentimos puede ayudarnos a ver la dolencia desde otra perspectiva, pero si entramos en la repetición de los síntomas, tendemos a magnificarlos y a darles más poder de influencia en nuestro estado anímico.
  • Emociones asociadas y su relación con la dolencia como posible causa y/o consecuencia. Porque a menudo la afectividad que nos provoca la dolencia, tiende a perpetuarla. El dolor nos hace sentir tristes y nos deprimimos, como nos deprimimos perdemos ilusión por hacer aquello que podría hacernos mejorar, como perdemos ilusión de mejora tendemos a encogernos más, y al encogernos perpetuamos el dolor e incluso lo extendemos a otras partes del cuerpo.
  • Recabar información de forma amplia y variada. Cuántas más variables consideremos, mayores probabilidades tendremos de eliminar el dolor. La salud es una cuestión probabilística, por lo que es interesante contemplar los que padecemos desde el mayor número posible de perspectivas.
  • Valorar las "ventajas" de lo que padecemos. A veces, nos inducimos dolencias que pueden excusarnos de afrontar alguna situación, incluso de esa a la que aparentemente deseamos acudir, pero que en el fondo queremos evitar. Analizar de qué nos exime el dolor, o qué atención demandamos de los demás, puede ser un elemento clave en su mantenimiento.
  • Estrategias de resolución: a veces se trata de ir probando acciones terapéuticas diversas, hasta dar con aquella que resulte eficaz, independientemente de que entendamos o no su efecto curativo. Reiterarse en hacer lo mismo resulta absurdo, sobre todo en aquellos intentos que no han demostrado eficacia alguna, no porque carezcan de ella, sino porque se ciñen a momentos y condiciones muy particulares, que no tienen porque ser las que estamos viviendo en el momento en que nos encontramos.
  • Usar lo que experimentamos para nuestro propio crecimiento personal: Pues no debemos olvidar que las verdaderas maestras en nuestra vida, las situaciones en las que más aprendizaje podemos extraer, son aquellas en las que más incómodos nos sentimos, como la soledad, la enfermedad o la muerte, a las cuales se les suma una maestro que casi siempre permanece agazapado buscando la ocasión de hostigarnos: el fracaso.
Entrar en procesos como este, que requieren cierto grado de constancia y sistematización, no es lo fácil ni a menudo lo cómodo, pero es la alternativa para aquellos que anhelan adquirir cierta capacidad de control en su propio bienestar, tanto físico como mental. La dejadez no suele funcionar como herramienta de resolución, aunque a veces parezca que el mero paso del tiempo es suficiente para conseguir que el dolor desaparezca.